Hablar del tema de la crisis no es algo poco común en la actualidad; constantemente la crisis económica que azota a nivel mundial sale a relucir en las pláticas, es frecuente encontrarnos con familias que están pasando por este proceso, empresas que están al borde de la quiebra y qué decir de tanta gente que sufre de esto a causa del desempleo.
Pues bien, al igual que las instituciones mencionadas anteriormente, la religión cristiana está pasando actualmente por una crisis. Pero ¿qué significa estar en crisis? ¿cuáles son las causas que la han generado?¿qué estrategias se podrían emplear a fin de salir librados de ella? A lo largo de este ensayo, abordaré estos cuestionamientos así como aspectos vinculados con la temática de la crisis del cristianismo, retomando para ello el artículo denominado “Crisis de la religión cristiana” elaborado por Alexander P. Zatyrka, Director del Departamento de Ciencias Religiosas de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.
Para comenzar el presente análisis, es preciso definir el concepto de crisis sobre el cual mucho se menciona pero en ocasiones es poca la claridad que se tiene de éste. Una crisis, de acuerdo con Alexander P. Zatyrka, “trata de describir una situación de precariedad, de disfunción, de necesidad de reformular lo que se considera como incuestionable”, en otras palabras, es un indicador de que la realidad ha cambiado y que es necesario tomar medidas para regresar la estabilidad perdida. Por lo anterior, no basta mirar el pasado para lamentar los errores cometidos, sino más bien aprender de ellos, buscar los medios para evitar su repetición y diseñar estrategias para salir de esta situación inestable de la mejor manera posible .
De acuerdo con el autor al cual estoy haciendo alusión, toda situación de inestabilidad es una crisis cultural y al mismo tiempo religiosa, al ser ésta su sustento. Sin embargo, ¿qué es la religión? ¿se reduce a un conjunto de ideas y creencias sobrenaturales? Alexander en su artículo lo explica de manera muy sensata y clara, al mencionar que es el vínculo entre una cosmovisión y el ethos, es decir, aquello que le permite al ser humano entrar en contacto con el mundo tal y como es, a fin de encontrarse con Aquella realidad última y actuar conforme a ella. Asimismo, las vivencias a partir del encuentro con dicho Ser transforman a la persona, permitiéndole comprender el orden de todo cuanto le rodea, lo que nos lleva indudablemente a afirmar que la religión no es algo aislado al ser humano, sino algo íntimamente ligado a su naturaleza trascendente, que busca incansablemente encontrar el sentido y la razón de su existencia.
Entendiendo lo anterior, nos encontramos con que la crisis de la religión cristiana no es algo relativo exclusivamente a la gente cercana a la doctrina, a aquellas personas consideradas “devotas”, “practicantes” o “mochas”; de una u otra manera, esta situación afecta a todas las persona que formamos parte de esta institución conocida como Iglesia, es decir, a todos los cristianos, y no sólo los sacerdotes y obispos, como podría pensarse.
La distinción anterior resulta de gran importancia debido a que en la mayoría de los casos se le suele adjudicar la culpa de la crisis a quienes dirigen la Iglesia, cuando en realidad no son sólo sus actos los que tienen repercusiones, sino los de todos las personas que la conformamos (laicos o civiles), tomando en cuenta que una institución es un sistema cuyas partes se interrelaciones buscando la consecución de un fin. En este caso, las partes de este sistema somos todos los cristianos, quienes a través del ejemplo de Jesús, buscamos experimentar el encuentro con Cristo, nuestro Padre.
No es posible comprender la grave crisis que nos asecha a los cristianos, si no partimos de su base, de su razón de ser. El cristianismo consiste en una religión que busca la salvación del hombre a través de su encuentro con Dios, un Padre amoroso que envío a la Tierra a Su hijo, de nombre Jesús, para mostrarnos el camino de la felicidad, cuya base no es otra que el amor. De acuerdo con el autor al cual estoy haciendo referencia, “Jesús realiza una especie de transmisión de saberes, experiencias y actitudes que van más allá del discurso común e implica a toda la persona y sus actitudes vitales”, es decir, nos enseña a que con nuestra vida demos testimonio del amor que Dios tiene por cada uno de nosotros.
El ideal del cristiano es reflejar en sus obras e instituciones las actitudes de Jesús, sin embargo, encontramos aquí la gran problemática que, desde el punto de vista del autor (mismo que comparto), ha desencadenado la crisis: el cristiano ha perdido la experiencia de la fe y la relación que establecía con Dios, trayendo como consecuencia que deje de acceder a Su amor infinito y viva su ejemplo, consistente en la entrega hacia el otro como un don. En palabras del propio autor “la crisis de la religión está relacionada con la capacidad de fungir como auténtica mistagogía”, es decir, como camino que ayude a sus seguidores a encontrase con la Realidad Última del mismo modo que se ha hecho desde sus inicios.
Ahora bien, toda crisis tiene sus causas, y ésta no es la excepción. Para comenzar, tenemos que “una de las principales causas de la perturbación ha sido precisamente el deseo de renovarse y ponerse al día y de adaptarse a las necesidades nuevas del mundo actual” (Nicolau, 1972: 24); frases como “la Iglesia necesita renovarse”, “si no se actualiza, va a dejar de existir”, “ésas no son más que ideas retrógradas”, entre muchas otras, es posible que más de una persona las haya escuchado en alguna ocasión. Sin embargo, se ha perdido de vista que hay aspectos que son permanentes y otros cambiantes dentro de la religión, de ahí que no se pueda hacer con ésta lo que queramos, ni manejarla según nuestra conveniencia.
En relación a los aspectos permanentes de la religión cristiana, tenemos como ejemplo los Sacramentos, los cuales fueron instituidos por Cristo como medio para darnos la gracia y hacernos hijos suyos, razón por la cual no puede sufrir cambios ni modificaciones; aspectos como el idioma en que se impartirá la misa, o la posición del sacerdote con respecto a los fieles, pueden cambiar según la época a fin de adaptarse a las necesidades de la sociedad. No obstante, esto no tiene verdadera relevancia; lo que sí la tiene, es el hecho de que se le ha quitado valor a los elementos sobrenaturales en oposición a los elementos meramente humanos, a quienes se les ha puesto especial atención, de ahí que “persiste la necesidad de abrirse a lo interno, esto es, a Cristo” (Nicolau, 1972: 27), quien es la base de la religión cristiana y el ejemplo a seguir para sus creyentes.
Otra de las causas de la crisis en la religión cristiana, es la falta de vocaciones, es decir, gente entregada al servicio de Dios e interesada en difundir Su palabra por el mundo. Esto va vinculado con la experiencia de la que ya antes hablaba, en el sentido de que sin el encuentro con Dios es imposible querer seguirlo y manifestar a la gente Su amor. Asimismo, el mal ejemplo de las personas que están a cargo de la Iglesia ha sido en ocasiones suficiente para alejar a muchos fieles de ésta. No obstante, aquí habría que recordar que también la gente que decide entregar su vida a Dios es humana y puede cometer errores, de ahí que no se le deba juzgar con mano dura, sino más bien como lo que es, una persona como cualquier otra.
Vinculado con lo que se acaba de mencionar, tenemos el papel de los chismes, entendidos como aquéllas modificaciones que las personas le agregan a un rumor, los cuales afectan la reputación de una institución e incluso su imagen. Con respecto a esto, el papel de todo cristiano no debería ser dejarse llevar por estos a fin de encontrar argumentos para atacar a su Iglesia y demostrar su flaqueza; más bien debería ir al fondo de la situación, investigar la veracidad de los hechos y como miembro de esta institución, defenderla y reestructurar su imagen debilitada. Para ello, una alternativa podría ser poner los remedios necesarios tan pronto se presente la ocasión, tomando en cuenta que “un organismo que tiene que soportar largo tiempo una enfermedad interna o herida externa sin que se le ponga remedio, es claro que no aumenta su vitalidad” (Nicolau, 1972, 22).
Para poder contrarrestar aquellos hechos negativos, podría ser de utilidad resaltar todo el bien que como institución ha realizado, regresando a sus valores y principios a fin de recuperar la estabilidad perdida y regresar a aquello que siempre ha sido su soporte: Cristo. Asimismo, el que adquiramos como cristianos una preparación sólida a través de la cual tengamos un conocimiento más profundo de nuestra religión, puede ser un medio para hacerle frente a críticas y evitar que aquellos comentarios, chismes o rumores afecten su estructura y estabilidad.
Regresando a las causas de la crisis en esta religión, encontramos también el quebrantamiento de ciertos moldes de conducta; se han “abandonado ciertos cauces por donde discurría la disciplina regular, ciertas costumbres establecidas por la experiencia, [...] sin contar, cuando éstos se destruían, con otros moldes, con otros cauces, con otras costumbres que pudieran sabiamente sustituir a las antiguas” (Nicolau, 197, 27). Con respecto a esto, habría que partir de que toda institución está regulada por ciertas reglas que permiten mantener un orden y ejercer control sobre ella, por lo cual querer pasarlas por algo no lleva sino a una gran desorganización y a un desajuste en sus mecanismos regulatorios; de ahí la necesidad de que los cristianos tomemos conciencia de ello y actuemos no conforme a criterios meramente subjetivos, sino con base en dichas normas que fungen como guía en el camino que Jesús propuso para alcanzar la plenitud.
Partiendo de las ideas anteriores, quedaría por contestar la siguiente pregunta: ¿qué estrategias se podrían implementar a fin dar solución a la presente crisis? A continuación se presentan algunas propuestas entorno a esto.
Como primer punto tenemos a la oración, entendida como “la elevación del alma a Dios o la petición a Éste de bienes conforme a su voluntad” (Comependio, 2006: 147). Si la raíz del problema está en la falta de relación con Cristo y llevar una vida según el ejemplo que dejó, entonces una alternativa es entrar en comunión con Él a través de la oración, medio por el cual Cristo le habla al hombre, le comunica sus mandatos y le enseña a amar y a vivir como Él mismo lo hizo.
Dar testimonio de una verdadera vida cristiana, es otra posible alternativa para hacerle frente a esta crisis. En relación a esto, es frecuente culpar a otros de la situación de la Iglesia, sin embargo, los mismos cristianos en ocasiones hemos dejado de ser ejemplo para quienes nos rodean, actuando como si no lo fuéramos y siendo incongruentes entre lo que predicamos y lo que hacemos; en pocas palabras, reflejamos una carencia de unidad de vida, con lo cual ¿acaso pretendemos así acerca a la gente a la religión? ¿no les damos mayores motivos a quienes están lejos de ella para dejar de creer y desconfiar? Valdría la pena reflexionar en torno a estos puntos.
Continuando la idea anterior, habría también que preguntarlos, al igual que propone el autor del artículo del que partimos, en qué medida nuestra prácticas, doctrinas e instituciones están acercando a sus miembros al sentido pretendido y cuál es la razón por la que en lugar de ser un modelo a seguir, los cristianos hemos dado mal ejemplo saboteando nuestra religión y obstaculizando nuestro encuentro y el de los demás con Cristo.
Una verdadera formación moral, a través de la cual los cristianos podamos sustentar nuestras creencias sobre bases sólidas, puede constituirse en otro medio para solucionar la crisis, puesto que sólo entendiendo la religión, sus fundamentos y su sentido, podremos tener los argumentos que sirvan para derrumbar las críticas y las agresiones que día a día atentan contra nuestra religión buscando debilitar su estructura y a los miembros que la conformamos.
Es fácil criticar a la religión y más dejarnos llevar por lo que la sociedad dice y lo que los medios de comunicación difunden. No obstante, comprometernos con los valores que propone y ser fiel a sus mandatos es un aspecto fundamental que hemos dejado a un lado, de ahí que las herramientas para fortalecer esta institución no están sino en nuestras manos, siendo también labor nuestra sacar adelante a la Iglesia viviendo a partir de las enseñanzas que Jesús nos dejó.
Ser un verdadero cristiano es todo es un reto, al implicar renuncia, sacrificio, entrega y lucha que en muchas ocasiones como cristianos no estamos dispuestos a realizar. Por tal razón, no podemos quedarnos con los brazos cruzados esperando que nuestra religión se vaya debilitando poco a poco, debemos difundir el mensaje que Dios nos dejó, invitando a la gente a tener un encuentro más cercano con Él y actuando conforme a nuestras creencias de tal modo que demos testimonio de lo que es ser un verdadero cristiano.
Finalmente, querer hacerle frente a la crisis, dejando a un lado a Cristo, soporte de la religión cristiana, resulta completamente imposible. Por tal razón, “la esperanza de tiempos mejores y más concordes, dentro de un legítimo pluralismo, la ponemos en Dios; no en los hombres” (Nicolau, 197: 42). Como bien dice el autor del artículo al cual estamos haciendo alusión, Dios no es una idea, sino una experiencia viva, de ahí la necesidad de que los cristianos recurramos a Él en todo momento y más en los momentos de crisis, a fin de encontrar la guía que necesitamos para nuestra vida.
Fuentes de consulta:
Compendio; (2006). Catecismo de la Iglesia Católica. México: Ediciones CEM
Nicolau, M; (1972). La crisis de la Iglesia. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.
Zatyrka, A; Crisis de la religión Católica
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